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Etapa 00, Roncesvalles

Camino de Santiago, etapa inicial: Roncesvalles

Ha llegado el día. No has hecho nada especial ni heroico; sencillamente, ha llegado. Te has levantado no demasiado temprano, has desayunado como un día normal -salvo, quizá, por ese leve malestar que sientes en el estómago cada vez que sales de tu rutina- y, tras echar un último vistazo al equipaje, ya preparado desde el día anterior, has subido al coche.

Durante el trayecto, cómodamente sentado en el asiento trasero, apurando los últimos sorbos de civilización que esperas ver en mucho tiempo -aire acondicionado, un mullido asiento, el olor a coche nuevo, el sonido de una máquina que genera más potencia de la que jamás ninguno de tus antepasados llegó a sospechar que podría necesitar- mientras esperas ver pasar ante tus ojos kilómetros y paisajes. A pesar de la distancia que os queda por recorrer, no tienes prisa; ¿qué son tres horas de coche cómodamente sentado comparado con el mes largo que te espera recorriendo caminos polvorientos a pie?.

En calma, echas un vistazo al libro que traes contigo. Narra una historia real, contada por su protagonista, así que bajo ese supuesto, el autor tiene vía libre para hilvanar un relato que transcurra entre la realidad y la novela, sin que tú, lector, puedas distinguir dónde acaba lo primero y empieza lo segundo. Tampoco es que te importe demasiado con tal que el relato final sea verosímil; al fin y al cabo, con las personas esperas algo parecido.

Agradeces haber terminado pronto tu libro, pues el último tramo de trayecto discurre por carreteras de montaña, tan llenas de curvas como de paisajes hasta ese momento desconocidos, que prefieres observar en calma. Y no sólo paisajes, pues la carretera pasa por el interior de algunos pueblecitos con edificios de marcado carácter navarro, por donde no tardarás en volver a transitar.

Es hora de formalizar la inscripción. Traes contigo la compostela; has sido previsor y te has preocupado de hablar con el párroco de tu pueblo, quien se ha encargado de rellenarla, sellarla y entregártela no sin un mohín de duda en su mirada. EEs el mismo gesto de extrañeza que has visto en otras personas, incluidos tus padres y tus amigos, y no es algo que les reproches; se trata de la misma desconfianza que albergas en tu interior.

El Camino de Santiago ha sido mitificado por dos tipos de personas: aquellas que año tras año se preparan mental y físicamente, con angustia en lo primero y duda en lo segundo, pero nunca dan el paso; y aquellas que lo hacen por etapas, dándose una paliza en coche o tren para completar unas cuantas jornadas al año, antes de volver precipitadamente a sus lugares de origen para atender sus obligaciones laborales, durante varios años. Además, a ti nunca te ha entusiasmado el ejercicio físico, el aire libre ni la naturaleza. Educado en la sana autocrítica, has aprendido a dudar de todo y de ti mismo.

Pero, ahora que han pasado unos cuantos años, puedo decirte algo que yo sé y tu en este momento ignoras: no es tan duro. Es más, se trata de algo muy sencillo: andar, paso a paso, una distancia razonable, día tras día, hasta llegar a tu destino. En el fondo, aunque no lo tengas tan claro, una parte de ti sí que es consciente de ésta verdad: es la parte que, sin decirlo claramente, te anima a seguir hacia adelante.

En la inscripción, un hombre mayor y descreído, de buen humor, va tomando los datos, cobrando la estancia y asignando peregrinos. Te dan a elegir entre un barracón atestado en la hospedería antigua y una barraca de plástico menos saturado situado en una explanada cercana. Eliges lo segundo, parece un lugar más tranquilo para descansar.

Aprovecháis también para visitar Eunate, una mitificada capilla templaria situada a pocos kilómetros del pueblo. A ti, más que esotérica, su irregular arquitectura te recuerda más a los toscos y chapuceros baldaquinos que viste en la también templaria ermita de San Juan en Soria, atribuibles a los escasos conocimientos arquitectónicos de la Orden Templaria en sus comienzos, y no a motivos esotéricos.

De vuelta a Roncesvalles, decides recoger la mochila del coche y dejarla en el barracón donde finalmente pasarás la noche. La sorpresa es que parece mucho más agradable de lo que te esperabas, con sólo tres literas no puede considerarse masificado para los estándares del Camino y, lo que más te entusiasma, de momento eres el único ocupante y rezas para seguir siéndolo.

Antes de volver junto a tu familia, un último percance: tu teléfono móvil, el primero que has tenido en propiedad, más por insistencia de tu familia ante la perspectiva de irte a hacer el Camino que por apetencia propia, ha sufrido un percance y deja de funcionar. Tampoco es algo que te preocupe excesivamente; al fin y al cabo, estamos en 2003 y todavía abundan cabinas telefónicas por doquier. Tu familia está más agobiada, a ellos les preocupa más no poder llamarte, pero a ti eso te preocupa más bien poco.

La despedida se acerca. Vais a tomar algo en la terraza de un bar situado en un moderno edificio cercano junto a la carretera. Eres consciente de estar apurando los últimos minutos en familia a la vez que tu refresco. Tal vez por eso el hielo de la bebida se funde cuando todavía te queda más de medio vaso.

Después del abrazo de despedida, sigues con tu mirada el coche que se aleja, y empiezas a sentirte como desamparado en un mundo que acaba de tornarse un poco más hostil. Por suerte, el rumor de unas campanas sonando, familiar y tranquilizador, te saca de tus pensamientos. Siguiendo lo que ha debido ser una tradición durante años, llaman a los peregrinos a los oficios religiosos.

Atravesando el umbral de la capilla eres consciente de entrar en una tradición milenaria, de ser partícipe más que mero observador lejano de un rito que conserva la esencia de lo antiguo. En la capilla, atestada, buscas un rincón desde donde seguir la Misa. El sacerdote, al finalizar, pide a los presentes que le den un abrazo al apóstol de su parte. Tomas nota; de hecho, lo anotas en una libreta que llevas contigo. No será el único; de hecho, ni siquiera es el primero en la lista: ese lugar lo ocupa tu abuelo.

Cuando vuelves a cruzar el umbral de la capilla, eres otra persona; podría decirse que en este momento eres ya un peregrino.

Un restaurante cercano ofrece por cena un “menú del peregrino” a 7 €. Considerando que hoy en día, 2014, un menú normal puede costar 8 € en un restaurante de polígono industrial, no es ningún acto de caridad cobrar 7 € por un rancho de pasta y carne dura en salsa, sin opción a elegir, servida en grandes mesas comunales. Pero tú aún no lo sabes; de hecho, es la primera vez que sales de casa y te parece un buen precio. No tardarás en descubrir que para muchas personas el Camino es un negocio y un medio de vida. Y cuando estés de vuelta de esa sorpresa, considerarás que tampoco es tan malo.

En animada concurrencia transcurre la cena. Es un grupo variopinto; la mayoría son personas mayores que van a hacer unos pocos tramos por probar. Sus obligaciones laborales tampoco les permiten mucho más. Al salir, todavía queda algo de luz; la suficiente para fotografíar Roncesvalles antes de irte a dormir.

Fotografía de la hospedería de Roncesvalles Roncesvalles Hospital

De vuelta a tu barraca, descubres con desagrado que alguien más ha dejado sus equipaje en una de las literas. Se trata de un par de chicas extranjeras, ignorantes del idioma local. Por último, ya a última hora de la tarde, un par de italianos en la treintena con ademanes de vago hace su aparición. Han debido empezar en San Juan Pie de Puerto y los verás en las próximas etapas.

Dando vueltas en aquel entorno extraño, tardas en conciliar el sueño; de hecho, cuando suene el despertador, ni siquiera sabrás si has dormido realmente o no.

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Etapa 01, Roncesvalles - Larrasoaña